jueves, 11 de octubre de 2012

Cuatro en la cama

  


Cómo me alegro de haber seguido mi instinto, de haber escuchado a mi "medio naranjo", cuando fuimos de paseo al Corte Inglés de la Puerta del Sol a comprar una cuna para mi primera hija. Cuando vi todas esas camas con barrotes enfiladas, de bellos colores, con dibujitos, móviles encima con música de nana, me entró un escalofrío que me recorrió la médula espinal de principio a fin: ¿iba yo a ser capaz de dejar que mi hija, tan pequeña, tan frágil, tan bonita, durmiera en "eso"?

  El papá, que afortunadamente se trata de una persona con mucho más sentido común que yo, me dijo: "pero, tía, ¿vamos a dejar que nuestra pequeña duerma en eso? Mejor en la cama, con nosotros, ¿no?"

  Y con esas comenzó nuestra vida de colecho. Cuatro meses tenía la enana cuando me atreví a sacarla del cuco y meterla en nuestra cama. Todo comodidades, oiga. ¿Que quiere teta? Pues me levanto la camiseta y barra libre. ¿Que quiere mimos? Pues mimos a la carta. No hay nada equiparable a levantarse la mañana de los sábados todos juntos, hacerse cosquillas y arrumacos, echarse unas risas y cantar canciones.

  Y luego, la cantinela: "se te va a acostumbrar", "no va a haber quien la saque de la cama hasta que se case", "seguro que va a ser una niña dependiente de su madre toda la vida"... y un largo etcétera de gente que no sé si es que se siente culpable por no haber dado ellos ese mismo paso y lo único que quiere es fastidiar, o que de verdad le horripila el hecho de dormir con los hijos: "y, cuando queréis tener sexo, ¿cómo hacéis?". ¿De verdad que la gente sólo folla, con perdón, en la cama? Porque a mí se me ocurren mil lugares para hacerlo, dándole al asunto un toquecillo de diversión y de variedad bastante curioso.

  Y cuando mi pequeña, mayor ya con 3 años, comenzó el cole, nadie diría que nunca había ido a la escuela infantil: todo seguridad, emoción por sus compañeros, risas. Vamos, que no echaba nada de menos a su padre ni a su madre.
  Luego nació mi segunda hija, y con esta no cometimos el mismo error que con la mayor: compramos otra cama de matrimonio en el Ikea, y la juntamos con la nuestra, y todos en la supercama king size.
Ni una mala noche recuerdo yo, ni pesadillas ni terrores nocturnos. Eso sí, teta, mucha teta, a demanda por las noches hasta los dos años.

  Y llega el momento culminante: la mayor, con 5 años, y la pequeña, con 3, han decidido juntas, al mudarnos de casa, que querían dormir en otra habitación, rodeadas de sus juguetes y de sus cuentos. Es en este momento en el que hay que reflexionar irremediablemente sobre las etapas de la vida y la madurez. Ellas lo han hecho cuando estaban preparadas. Al igual que a muchos niños se les quita el pañal antes de tiempo, se les pone en una cuna solos prematuramente, se les da de comer y se les quita la teta cuando su cerebro aún está en plena construcción, sin dar tiempo al tiempo, a lo que la naturaleza nos tiene preparados.

  Me encanta dormir con mi pareja y me encanta dormir con mis hijas. Despertarme con ellos por las
mañanas es el mejor regalo. Y doy gracias infinitas por haber escuchado mi corazón y a mi "medio naranjo" y no a la sociedad que nos impone ser seres individuales e independientes desde que nacemos.
Hay ciertas corrientes que relacionan esta necesidad de separar a las madres de los hijos con el Capitalismo: un modelo social que requiere que las madres se incorporen al mercado laboral lo antes posible para producir para el Estado. Es por ello que se crearon las fórmulas infantiles y las guarderías, los métodos conductistas para que el bebé duerma solito desde los 6 meses de edad, los chupetes y otros sustitutivos del pecho materno, para que se independicen y se conviertan en meros sujetos futuros trabajadores para el Capital, desarticulando la Teoría del Apego, que tan importante ha sido para la supervivencia humana desde que el hombre es hombre.


  Aquí un artículo sobre la familia y el Capitalismo:

  Ahora falta poco para no ser cuatro en la cama, pero me llevo para mí esos bonitos recuerdos, esas noches de teta, esas risas cuando entra la luz por la ventana y nos hacemos cosquillas...Hemos crecido en este nido que hemos creado con mucho amor y con muchas ganas de hacer las cosas bien. Espero que las peques se lleven también ese recuerdo.

  Os dejo la postura de la Asociación Española de Pediatría sobre el colecho:

lunes, 13 de agosto de 2012

La homeopatía y la pediatría

Yo no lo podría decir mejor:


    Extraído de  http://www.famiped.es/en/node/624


    La homeopatía nace a finales del siglo XVIII de la mano de un médico alemán llamado Samuel Hahnemann (1755-1843). La medicina de la época carecía de rigor científico y trataba de “equilibrar” los que llamaban humores del cuerpo con procedimientos dolorosos, agresivos y que, en muchas ocasiones, provocaban el agravamiento del paciente. Así, era común que, para tratar las enfermedades, se hicieran heridas en la piel para que el enfermo perdiera sangre; también le provocaban vómitos y diarreas. En muchas ocasiones, el tratamiento era mucho peor que la enfermedad.

    En esos años, las enfermedades eran entendidas como enfermedades del espíritu y no producidas por causas que hoy todos conocemos: infecciones, cáncer, enfermedades metabólicas, etc., de modo que lo importante para esa medicina eran los síntomas y cómo acabar con ellos.

    El Dr. Hahnemann, impresionado por el sufrimiento de la medicina de la época, inventó otra modalidad de tratamiento basada en una idea que nunca ha sido demostrada y que consiste en que una cosa que produce un síntoma, también es capaz de quitar ese síntoma. A eso lo denominó principio de similitud. Así, un proceso tan común como el catarro, cuyos síntomas son conocidos por todos (picor de nariz, mocos, lagrimeo, ojos rojos), podía provocarse mediante el contacto con el jugo de una cebolla. Siguiendo el principio de similitud, la cebolla curaría los catarros porque provoca síntomas similares. Claro que no parecía razonable que a una persona acatarrada se le pusieran sus ojos y su nariz en contacto con el zumo de cebolla, porque todavía su situación sería más molesta. Para evitar esto, estableció el segundo principio de la homeopatía: el principio de la dilución. En este caso, un poco de zumo de cebolla se echaría a miles y miles de litros de agua y un poco de ese agua curaría el catarro. Además, Hahnemann estableció sin prueba alguna que cuanta más agua se echara, más potencia tendría ese preparado. Por ejemplo, si echáramos una gota de zumo de cebolla en una piscina, unas gotitas de esa agua de piscina tendrían menos potencia curativa que unas gotitas de agua obtenidas de una gota de zumo de cebolla echada en una cantidad de agua mayor que el océano Atlántico. Tanto en un caso como en otro, gota de zumo de cebolla en una piscina o en el océano, nos parecería que esa agua no contendría nada de ese zumo o que la posibilidad de encontrar la sustancia que pretende ser activa (zumo de cebolla) es prácticamente nula. Esta sospecha de que echando cada vez más agua se pierde lo que se disuelve en ella fue demostrada científicamente por Amedeo Avogadro poco después del inicio de la homeopatía.

    La homeopatía se vio obligada a reconocer que sus productos no contenían sustancias activas, sobre todo aquellas que se disuelven en grandes cantidades de agua, las más potentes según los homeópatas. Para no reconocer el error de sus planteamientos, los homeópatas establecieron que, aunque el agua no tuviera nada más que agua, sí tenía “memoria” de que había estado en contacto con esa sustancia, y solo con ella, pese a que el agua, en su ciclo natural, esté en contacto con infinidad de sustancias de la atmósfera y de la tierra. ¿Cómo conseguían los homeópatas que el agua recordase solo la sustancia pretendidamente activa y olvidase que había estado en contacto con cientos de sustancias en su ciclo natural? Simplemente, golpeando y agitando la mezcla de agua y sustancia pretendidamente activa. A este proceso lo llamaron sucusión o potenciación.

    Es fácil entender que los crueles tratamientos de la medicina de finales del siglo XVIII y de inicios del siglo XIX eran peor aceptados que los tratamientos a base de agua (homeopatía), que no solo no sometía al organismo a riesgo alguno sino que, además, dejaba que éste utilizara sus mecanismos naturales para la curación de algunas enfermedades. En este contexto se explica el auge y el entusiasmo que produjo la homeopatía.

    En estos últimos doscientos años, la medicina científica se ha centrado en las causas de las enfermedades y no en tratar los síntomas, siendo este cambio de concepto asumido por todos. Así, si una familia acude al pediatra porque su hijo tiene fiebre y tos, pero sabe que se debe a una neumonía bacteriana, la preocupación de los padres consistirá en que su pediatra le indique el antibiótico adecuado para tratar la causa de la enfermedad y no en que deje de toser o de tener fiebre. Los síntomas que motivaron la consulta desaparecerán cuando se cure la enfermedad.

    La medicina científica es responsable de grandes avances para la salud, tanto en el tratamiento y prevención de enfermedades como en los métodos diagnósticos. Hablar de la importancia de las vacunas, de los antibióticos, de los analgésicos, de los avances de la cirugía o de la genética, por poner algunos ejemplos, no es necesario para personas medianamente informadas.

    Por el contrario, la homeopatía ha pretendido dar un tinte científico a sus postulados de manera torpe e inútil. Así, Joseph Roy, médico homeópata francés, dijo en plena pandemia gripal de 1917 que la gripe era causada por una bacteria, a la que denominó “oscilococo” (oscillococcinum en el argot homeopático). Todos sabemos que la gripe está producida por virus y, además, nadie ha visto al tal oscilococo. No obstante, hoy en día se comercializan preparados del inexistente osciloco, obtenidos a partir de una mezcla de hígado y corazón de pato, como tratamiento de los síntomas gripales. Durante el siglo XX, los defensores de la homeopatía han recurrido a todo tipo de artimañas, incluso a los fraudes científicos, para justificar su práctica, sin demostrar ninguna utilidad curativa. En definitiva, la homeopatía no ha demostrado proporcionar ningún otro beneficio que el atribuible al efecto placebo ni en adultos ni en niños, ni para el tratamiento de las enfermedades ni para la prevención de las mismas.

    El uso de la homeopatía es aceptado por la sanidad pública en algunos países como Gran Bretaña, pese a que los órganos científicos consultivos del Parlamento y la Asociación Británica de Medicina solicitaran que la homeopatía no debía reconocerse como medicina y que no debería ser financiada por el erario público, por la inexistencia de base científica. En Alemania, cuna de la homeopatía, no se financia desde 2003, como tampoco ocurre en otros países de Europa y Norteamérica, a excepción de Francia. En cualquier caso, sea cual sea el país, los productos homeopáticos no deben pasar por los controles rigurosos que pasan los medicamentos y solo se les exige un registro sanitario, porque todas las autoridades científicas y administrativas aceptan que los productos homeopáticos no contienen sustancias activas.

    En Pediatría, el uso de productos homeopáticos no causa problema alguno en los niños (excepto los intolerantes al excipiente), pero pueden ocasionar serios problemas de salud por evitación de tratamientos de utilidad demostrada o por el retraso en el diagnóstico y tratamiento de esas enfermedades. Además, entender las enfermedades como conjunto de síntomas a tratar, sin considerar que muchos síntomas comunes como la fiebre y la tos son mecanismos de defensa del organismo, sin combatir la causa de la enfermedad, es un planteamiento arcaico, inconveniente y nocivo.

    En ocasiones, algunas familias confunden homeopatía con otros remedios de la llamada “medicina natural” o “medicina alternativa” donde se recurre a hierbas, extractos de plantas, minerales u otros productos que sí tienen potencialmente capacidades terapéuticas y también tóxicas.

    Los medios de información y las nuevas tecnologías de la comunicación promueven el consumo de productos homeopáticos y de otras modalidades de las llamadas medicinas complementarias, generando en las familias una razonable duda sobre la conveniencia de su empleo para el tratamiento de las enfermedades de los niños. Si se da este caso, lo mejor es hablar con su pediatra de atención primaria para que le informe adecuadamente sobre las eventuales ventajas y riesgos de otras formas de medicina. Nunca debería suspender un tratamiento por indicaciones de otras personas o por información obtenida de terceros sin consultar antes con su pediatra.



Os recomiendo encarecidamente el libro "Bad Science" de Ben Goldacre, donde aborda todos estos temas de una manera sutil e irónica.

¡Feliz noche estrellada a todos!

sábado, 4 de agosto de 2012

Semana Mundial de la Lactancia Materna


    Estamos en la Semana Mundial de la Lactancia Materna. 

    De sobra es sabido que la Lactancia Materna es el mejor alimento para un bebé durante los primeros meses de vida: tiene todos los nutrientes necesarios para su desarrollo físico y sensorial, incluso cambia horariamente, no sólo con la edad; supone una fuente de seguridad y calor materno, indispensable para la instauración del vínculo madre-hijo y del apego, muy importante para el adecuado desarrollo neuropsicológico.
    Además, protege de numerosas enfermedades, no sólo infecciosas durante el primer año de vida, sino también enfermedades crónicas y a largo plazo: dermatitis atópica, alergia, asma, enfermedad celíaca, enfermedad inflamatoria intestinal, obesidad, diabetes mellitus, esclerosis múltiple y cáncer. Los lactantes no alimentados a pecho presentan peores resultados medios en los tests de inteligencia y tienen un riesgo más elevado de padecer ansiedad, depresión, hiperactividad y de sufrir maltrato infantil.

    Esta es la realidad, aunque nos pueda doler a algunos. Y muchos más estudios científicos que quedan pendientes de publicar. Y espero que se publiquen muchos y se conciencie a la sociedad.

    No obstante, la finalidad de esta entrada no es ensalzar las bondades de la Lactancia Materna, pues ya me conocéis y sabéis que doy mucho la brasa con este tema. La finalidad es ensalzar a la persona principal por la cual yo sigo dando la teta a mis dos hijas de 5 y 3 años, mi pareja: sin él, sin su apoyo, no hubiera sido posible.

    No hay excusas: se puede trabajar, y hacer guardias de 12-14 horas, y mantener la lactancia materna. Ni desaparece la leche, ni se va de paseo, sólo hay que tener la información, las ganas y la predisposición para ello. HAY QUE QUERER...Y PODER.

    La incorporación a la vida laboral tras el descanso por maternidad es muy duro: dejas a tu bebé, con el que has estado día y noche, en manos de otro. No importa que sea su padre, la ansiedad de separación puede costar una depresión. Lamentablemente, en España se produce alrededor de los 4 meses de edad del bebé, cuando todavía se alimenta de leche exclusivamente. Recuerdo salir de casa llorando, con la mano en el teléfono móvil...Afortunadamente, mi pareja, que tiene un corazón de oro y una sensibilidad muy capaz de entender mis estados de ánimo, me acompañaba TODAS las tardes en mi trabajo, para que cuando tenía un rato de descanso, acudiera a dar el pecho a mi hija. Cuando digo TODAS, me refiero a TODAS, incluso en las guardias de 12 horas. Y lo hizo durante meses, hasta que me vi preparada para pasar una tarde sin verlos,  momento en el cual comencé a usar el sacaleches. Cada 3 horas paraba en mi trabajo (con la consulta a rebosar, la gente esperando fuera), me ponía una silla contra la puerta (porque no tenía cerrojo, no sea que entrasen y me encontrasen con la teta fuera) y me vaciaba el pecho a ritmo frenético, llenando el biberón en 15 minutos. Recuerdo pensar en mi hija mientras me sacaba la leche con todo el amor, sabiendo que esa leche rica se la tomaría en mi ausencia al día siguiente, con su sabor a mí, a su madre. 

    También, mi "barbas" favoreció siempre el colecho, como la forma natural de vivir el día a día. Cuando me levantaba por las mañanas como si no hubiera dormido, llorando de puro cansancio tras una noche de teta intensiva, se quedaba a la peque a su lado, aunque estuviera trabajando, para que pudiera descansar. 

    Y por último, él siempre comprendió y comprende los estados derivados de la maternidad instintiva e intensiva: el hecho de pasar a un segundo plano cuando nace un bebé (porque, la realidad es esa, no hay tiempo ni para ducharse, como para hacer arrumacos), la "mamitis", que dura hasta los 2-3 años, aproximadamente (momento a partir del cual los hijos descubren al padre como un ser diferente a la madre, y les encanta hacer actividades diferentes con ellos), las dificultades para llevar a cabo los planes de ocio, para tener tiempo de "pareja", incluso para comunicarse. No obstante, siempre está ahí, para cuando se le llama, feliz con sus cosas, esperando, tranquilo, necesario, imprescindible.

    Los padres sois un pilar fundamental en una familia, aunque no lo creáis.

    ¡Qué suerte he tenido y que suerte sigo teniendo, por tener una pareja tan amante y tan implicada!

    Será por eso que repito experiencia...
























domingo, 22 de julio de 2012

Homenaje a El Flaco, el montañero anónimo.

La montaña es simple, en ella te das cuenta de las pocas cosas que son realmente necesarias para vivir y ser feliz. Un saco, una compañía, un té caliente, y un hotel de mil estrellas.


Que lo disfrutéis.




Realizado por Imanatfilms documentales. 

miércoles, 18 de julio de 2012

La mar

  No hay nada como mecerse con las olas del mar. Como dormirse en su regazo, con el sonido rítmico de su vaivén espumoso, como una madre cuidadosa y amorosa. No hay nada como perderse en su pulsátil corazón, el corazón de Gaia, sopa primordial, engendro de la vida, fuente de alimento. Cuando llevas un rato perdido en su devenir, la respiración se acompasa, y hasta la sangre en las venas parece acompañar. Como si fuésemos uno. Un latido, un redoble. 

   Y la marea sube, y después baja. Y así ha sido desde que la mar existe. Y así permanecerá, inmutable, a pesar de nuestro afán por mermarla. Y miles de ojos la contemplarán desde las orillas, los acantilados o las naves. Miles de suspiros enamorados se guardarán en secreto entre su arena. Y las especies nacerán, encontrarán su apogeo y desaparecerán entre su salitre. Mis genes se mezclarán como el viento, como sus gotas, pero ella estará allí, imperturbable en su cuna de agua. 

   Y da igual lo que hagamos o no, ella sigue su camino. Un camino lento, de pasos cortos e imperceptibles para la veloz humanidad, pero seguro en mantener la riqueza de sus pobladores.  

   ¿Quién no quiere perderse entre las olas del mar?




lunes, 25 de junio de 2012

Desmontando a Estivill

    Con motivo de la iniciativa creada para el día 29 de junio por la blogosfera de crianza con apego, Día Mundial del Sueño Feliz, os pongo un enlace al blog de Ibone Olza, psiquiatra pediátrica y miembro de la asociación "El Parto es Nuestro"

    Esta iniciativa surge de la necesidad de poner en conocimiento a la población sobre los efectos deletéreos a largo plazo que puede provocar el conocido "Método Estivill" reflejado en su libro "Duérmete niño". 
    Este método conductista se basa en varias ideas:

1. El niño "manipula" a los padres, por lo que llora inconsolablemente a la hora de dormir con esa intención. Nada más lejos de la realidad. De sobra es conocido que un bebé nace completamente indefenso y que su supervivencia y posterior desarrollo dependen principalmente del apego y del vínculo que se establece principalmente con la madre. 

2. El niño debe de dormir del "tirón" a partir de los 6 meses de vida.  El patrón de sueño de los bebés hasta los 2-3 años es distinto al del adulto.  El sueño del adulto consta de 4 fases diferenciadas:

    Cuando empezamos a dormir, notamos que nuestros músculos se relajan, se nos caen los párpados, pero el sueño es muy superficial (fase 1). En este momento, se mantiene la alerta parcialmente, de tal forma que si nos llaman, responderemos y nos despertaremos. 
Pero si continuamos, el sueño se hará cada vez más profundo (fase 2). En esta fase estamos completamente relajados, y nuestra audición está cerrada. Necesitamos que nos hablen fuerte para reaccionar. 
    Posteriormente, el sueño se profundiza más y más, entrando en las fases 3 y 4. En ellas, perdemos la capacidad de respuesta a los estímulos táctiles y auditivos, necesitando un gran estruendo o un zarandeo para despertarnos.
    Si no sucede nada de esto, entraríamos a continuación en la fase REM (Rapid Eye Movement), en la que nuestros músculos están prácticamente paralizados, pero nuestra mente está muy activa. Es la fase de los sueños. Si nos despiertan en este momento, podemos estar unos segundos sin ser capaces de movernos.

    Todo esto es un ciclo de sueño, de unos 90-120 minutos de duración en el adulto. Al terminar cada ciclo, tenemos pequeños despertares (unos 6-10 cada noche), muchos de ellos inconscientes, los microdespertares.





Y éste, más o menos, es el patrón normal de una noche :D



    Cuando un bebé humano nace, es un ser indefenso, pequeñín, que sólo come o duerme. De hecho, las estadísticas afirman que duerme entre 14-20 horas al día. Tiene unas necesidades muy precisas, que son:
- Alimentarse frecuentemente: para evitar las hipoglucemias. La alimentación debe ser a demanda.
- Mantener la alerta de un cuidador, ya que no saben cuidarse por sí mismos. ¿Cómo lo consiguen? Con el llanto. Ese llanto del recién nacido que pone nerviosos a todos si es continuado, seamos padres o no. Al llorar provocan que el "cuidador" le coja en brazos, para que se calme, y así queda protegido de los agentes externos y se asegura la alimentación frecuente. De ahí viene la frase "Quien no llora, no mama". Para mantener alerta al cuidador, también necesita alternar breves episodios de vigilia con otros de sueño.
- Desarrollar la mente. Para ello, lo más importante son los estímulos externos. ¿De dónde vienen, si duerme todo el día? pues de su estilo de sueño, que es un sueño con escasas fases de sueño profundo (3 y 4) para poder despertarse ante nuevos estímulos, y con un gran porcentaje de fase REM, en las que duerme pero su cerebro está más activo.
    Así, se puede decir que el sueño de un bebé tiene dos fases (REM y no-REM), de 50-60 minutos de duración, pare evitar el sueño excesivamente profundo que le impida despertarse ante algún peligro; tiene mayor porcentaje de sueño REM, para así integrar mejor los aprendizajes, y, finalmente, inicia el sueño directamente en fase REM. 

    Estas fases del sueño van cambiando a medida que el niño crece, de tal manera, que la mayoría de los niños, a los 3 años de edad ya no necesitan la siesta, y su patrón de sueño es como el del adulto. Por supuesto, hay variaciones individuales.

    Con todo esto, quiero decir, que obviamente, aunque con el "Método Estivill" los niños "parece que duermen del tirón", no es cierto. Se siguen despertando, lo que ocurre que "aprenden" a no demandar la atención de los padres, sintiéndose indefensos.
    Ahora sí, os dejo el enlace del post de Ibone Olza: 




    En cuanto a la iniciativa Día Mundial del Sueño Feliz, os dejo unos enlaces de información para que os unáis, con el hashtag #desmontandoaEstivill


    Y estos sobre el tema del sueño.

    Animaos y uníos.


domingo, 3 de junio de 2012

Los límites y la complacencia





La educación y la crianza, esas cosas. Cuando me quedé embarazada de mi primera hija, creí que estaba preparada para ser madre, pero ahora no lo tengo tan claro. Estaba preparada para cuidar y para querer, para amamantar y satisfacer las necesidades vitales de un niño. Pero, ¿y para educar? Tengo tantas contradicciones en mi día a día que realmente a veces me siento perdida. Y me gustaría diseccionarlo punto por punto:


 1. Mis necesidades versus las necesidades de mis hijos.  


Está bien ser una madre abnegada y dedicada en cuerpo y alma (no es mi caso), pero me doy cuenta todos los días de lo que influye mi estado de ánimo en cuanto a paciencia, ganas de enseñar cosas nuevas, etc. Por tanto, tengo que poner en una balanza también mis necesidades y encontrar el equilibrio satisfactorio para todos. Por ejemplo: detesto el desorden. Y me gusta la tranquilidad, ni el ruido ni el griterío. ¿Qué debo hacer entonces? Supongo que dedicarme al menos una hora al día a elegir entre deporte, estudio o lectura relajante. Y entonces, ¿Por qué me siento culpable cuando salgo? Apuntémolos como trabajo personal NUMERO UNO.


 2. Los gritos. 


Antes de que naciera la peque nunca gritaba, probablemente fruto de una reminiscencia infantil, ya que en mi casa muchos conflictos se arreglaban a voces y tirando platos al suelo. Odio los gritos. Y ahora, muy a menudo, me veo gritando. El grito es una manera de imponerse a un ser más pequeñito, y por tanto menos gritón, con la fuerza física, en este caso sonora. Lo siguiente al grito...no quiero ni pensarlo. Y no sirven para nada, menos mal, porque si no todo el mundo se comunicaría de esta horrenda manera. Cuando una persona grita significa claramente que está ofuscada y completamente desarmada desde el punto de vista del diálogo y la comprensión. Por tanto, vamos a cambiar de táctica. He leído este post: 


http://www.cuatroenlacama.com/search/label/Casilda%20Rodrigáñez 


 En el texto de Casilda Rodrigáñez describe cómo en las relaciones basadas en el AMOR y en la IGUALDAD (es decir, no somos superiores a nuestros hijos) las acciones se llevan a cabo por el mero deseo de satisfacer al ser amado, por lo que las órdenes no tiene sentido. Además, entre seres que se quieren no se resuelven las situaciones por imposición de las voluntades de uno sobre las del otro, sino simplemente por el hecho de que nos sentimos bien cuando hacemos al otro sentir bien, NO POR EVITAR SENTIRNOS CULPABLES AL HACER SENTIR MAL AL OTRO. En el estado amoroso a nadie se le ocurre dar órdenes, sino hablar, explicar las cosas, aplicarse en la resolución de las decisiones con mutuo mimo y cuidado, para conseguir lo mejor para el ser querido. Así, trabajo personal NUMERO DOS: no gritar, sino dialogar. Empatizar, ponerme del lado del ser chiquitito, y descubrir sus necesidades, sus respuestas tamaño niño y comprender sus acciones derivadas. No juzgar, sólo entender y remendar con la palabra en tono normal. 


 3. Los castigos y los premios. 


Cuando castigamos a los hijos, nos queda siempre la duda de si nos obedecen como sumisión a nuestra ira. ¿Deseo que mis hijas hagan las cosas porque me tienen miedo o porque "hay" que hacerlas, con todos los matices que esto implica? Y cuando hablamos de los premios, el asunto es el mismo. ¿Qué ocurre cuando no les gusta el premio o se cansan de ello? Si realmente nos preocupa (en mi caso muchísimo) el tipo de persona que van a ser nuestros hijos, entonces sabemos que los valores positivos se han de forjar desde el interior. Los elogios, los privilegios y los castigos pueden cambiar el comportamiento durante un instante, pero no transforman a la persona, o al menos no de la forma que deseamos. Ningún tipo de manipulación del comportamiento ha ayudado jamás a un niño a desarrollar el compromiso de convertirse en una persona responsable y cuidadosa. Por lo tanto, a partir de ahora voy a intentar convertir las situaciones de "actitud inapropiada" en un momento óptimo para enseñar, una oportunidad para educar o para resolver problemas conjuntamente: "algo no va bien, ¿qué podemos hacer para arreglarlo?". Trabajo personal NUMERO TRES. 


 ¡En menudo lío me he metido! Voy a tener que cambiar toda mi mente socialmente adaptada a otro época de mi vida y vivir la maternidad y la educacion de una forma más consciente. Ya os contaré si hay progresos.