La montaña es simple, en ella te das cuenta de las pocas cosas que son realmente necesarias para vivir y ser feliz. Un saco, una compañía, un té caliente, y un hotel de mil estrellas.
Correr por el monte es como surcar los mares en el lomo de un delfín. Es como nadar agarrada a la cola de un pez espada. Correr por el monte es como soñar que te elevas por encima de las nubes y puedes contemplarlo todo con vista de águila. Es como poseer el viento, aferrarlo con tus puños para no dejarlo escapar. Subiendo, a cada respiración un más allá, a cada dolor un suspiro inerme, a cada zancada un paso hacia la gloria. Es perderlo todo para ganarlo todo. Es sudar los ríos para beber las fuentes. Y cuando llegas a lo más alto, el mundo a tus pies. Las laderas verdes, los picos con nieve blanca como la espuma, la bruma que se despierta junto con el alba, que mece al rocío sobre las hojas tiernas. El corazón desbocado y la mente en calma. Las piernas temblorosas y la voluntad firme. Y luego bajar. Como una amazona a galope, con la brisa en el pelo, con el pie cauto, con la sonrisa amplia. Sorteando piedras, vadeando arroyos, saltando alegrías. Como si tuviese los pies descalzos, el alma desnuda y el deseo vivo.
Así, no quiero parar. Quiero correrlo todo, verlo todo y sentirlo todo. Y gritar la libertad en mis pulmones y cantar al viento.
Desde pequeña me ha gustado perderme entre los pinares. Tuve la suerte de crecer entre Madrid y Peguerinos, mar de pinos y de montes verdes. Recuerdo que me encantaba subir a la parte más alta del pueblo y tumbarme en una roca al sol, cerrar los ojos simplemente para escuchar el viento entre sus copas, su susurro incondicional, y mecerme entre sus sonidos, dejándome llevar. En esos momentos, deseaba ser una amazona, montar en un caballo y galopar libre por las verdes praderas, conocer los secretos de la Madre Naturaleza: el nombre y uso de sus plantas, el hábitat de sus animales, la localización de las mejores aguas. Siempre he querido ser una mujer libre y salvaje, con el cabello al viento, fuerte e indómita...como la Tierra. Me daba largos paseos para recoger piñas cargadas de piñones. Buscaba huellas de animales. Trepaba a los árboles más bajitos para ver algún nido más de cerca. Me paraba a escuchar el sonido del pájaro martillo, golpear rítmicamente los troncos. Y nunca, nunca, sentía miedo. Ni siquiera cuando me daba la noche y tenía que volver a casa, corriendo a cenar, sola, pero acompañada por el bosque susurrante, que yo sentía que me abrazaba. Me ha costado hacer la transición, pero ahora, afortunadamente, vivo entre rocas y entre pinares. Ellos me han llamado...y yo he acudido.