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viernes, 10 de febrero de 2012

Los pinares

Desde pequeña me ha gustado perderme entre los pinares. Tuve la suerte de crecer entre Madrid y Peguerinos, mar de pinos y de montes verdes. Recuerdo que me encantaba subir a la parte más alta del pueblo y tumbarme en una roca al sol, cerrar los ojos simplemente para escuchar el viento entre sus copas, su susurro incondicional, y mecerme entre sus sonidos, dejándome llevar. En esos momentos, deseaba ser una amazona, montar en un caballo y galopar libre por las verdes praderas, conocer los secretos de la Madre Naturaleza: el nombre y uso de sus plantas, el hábitat de sus animales, la localización de las mejores aguas. Siempre he querido ser una mujer libre y salvaje, con el cabello al viento, fuerte e indómita...como la Tierra.
Me daba largos paseos para recoger piñas cargadas de piñones. Buscaba huellas de animales. Trepaba a los árboles más bajitos para ver algún nido más de cerca. Me paraba a escuchar el sonido del pájaro martillo, golpear rítmicamente los troncos. Y nunca, nunca, sentía miedo. Ni siquiera cuando me daba la noche y tenía que volver a casa, corriendo a cenar, sola, pero acompañada por el bosque susurrante, que yo sentía que me abrazaba.
Me ha costado hacer la transición, pero ahora, afortunadamente, vivo entre rocas y entre pinares. Ellos me han llamado...y yo he acudido.